Ernesto Sabato y la tragedia existencial del hombre

Sabato falleció en el 2011

La mayoría de los lectores relaciona el nombre del escritor argentino Ernesto Sabato con el título de su primera novela, El túnel, una de las mejores que se haya escrito jamás y uno de mis libros favoritos. Algunos, iluminados por esa lectura, habrán querido ahondar en su obra narrativa y habrán descubierto con profunda decepción que toda la narrativa del autor se limita a sólo tres novelas: El túnel, Sobre héroes y tumbas y Abbadon el exterminador. Y es que lo que más escribió Sabato fueron ensayos (y una especie de autobiografía, Antes del fin) porque, antes que científico, escritor, pintor o físico, Sabato era un pensador.

Que otros tengan a Descartes, Platón, Nietzsche, Camus o Sartre en su Olimpo filosófico; para mí, mis filósofos favoritos son los novelistas y entre ellos, Sabato ocupa un lugar privilegiado. Una de sus frases, un párrafo, a veces una única palabra, es la chispa que enciende el fuego de una extensa reflexión y para muestra, les daré un botón.
Aunque, según una sinopsis editorial y las palabras del mismísimo Sabato, el libro El escritor y sus fantasmas es un ensayo que «está constituido por variaciones de un solo tema, tema que me ha obsesionado desde que escribo: ¿por qué, cómo y para qué se escriben ficciones?», en realidad abarca muchísimo más. Sí, habla de novela, personajes, escritores, obras, la misión de la literatura, los atributos de la novela, etc., pero también de Dios, la eternidad, el hombre, la soledad, la oscuridad, el alma y la existencia, entre otros temas. La reseña del libro la tengo pendiente de publicación; por ahora, les dejaré el párrafo que motiva la reflexión de hoy:

«La existencia es trágica por su radical dualidad, por pertenecer a la vez al reino de la naturaleza y al reino del espíritu: en tanto que cuerpo somos naturaleza, y, en consecuencia, perecederos y relativos; en tanto que espíritu participamos de lo absoluto y la eternidad»

El universo y la existencia están hechos de dualidades: día y noche, luz y oscuridad, el bien y el mal, hombre y mujer, arriba y abajo, Este y Oeste… el mundo pues, está compuesto de dualidades antagónicas y complementarias que el hombre ha buscado simbolizar y estudiar desde hace miles de años (un claro ejemplo es el signo del Yin y Yang), pero en la frase, Sabato habla de la dualidad del hombre; es decir, de dos pulsiones opuestas que viven en él: es naturaleza porque es cuerpo y por lo tanto es perecedero y transitorio; pero su espíritu participa de la eternidad y por lo tanto es también eterno e inmortal. Y el drama de esta dualidad es que el hombre tiene consciencia de ella. Los animales son naturaleza al igual que él, pero hasta ahora, sólo el homo sapiens ha demostrado ser consciente de su mortalidad y a la vez de su eternidad. Continúa Sabato:

«…el alma vive pues, tironeada hacia arriba por nuestra ansia de eternidad y condenada a la muerte por su encarnación. Esa es la sede de nuestra infelicidad»

Algunos lo tildarán de derrotista o pesimista por emplear los términos tragedia o infelicidad, pero remitámonos a lo semántico y al contexto en que se encuentran las palabras. Que el hombre busque el cielo pero que sepa que no lo puede alcanzar en esta vida, ¿no resulta trágico? Que venga a un universo completamente sensorial en el que las cosas tienen color, sabor, olor, textura, sonido y que su alma anhele algo que trasciende esa misma sensorialidad, ¿no es frustrante? Ser consciente de que para conocer eso que está más allá, la única forma es abandonar todo lo que se ha conocido durante la existencia y que a su vez esa idea que lo atrae como la miel a las moscas sea desconocido para él, ¿no es una idea que puede causar infelicidad?

Vale destacar que acá infelicidad no es tristeza; Sabato no afirma que el hombre viva triste por su dualidad, sino más bien insatisfecho por ella. Su insatisfacción está en no poder asir ambos extremos de la cuerda que lo halan en direcciones opuestas: su parte natural lo empuja hacia el placer, los sentidos, el hedonismo; su parte espiritual busca elevarlo a la eternidad, al absoluto. Un epígrafe presente en una novela de Georges Perec lo condensa perfectamente: «Busco a un tiempo lo eterno y lo efímero». Buscar lo eterno cuando se es transitorio y poder hallarlo sólo cuando esa transitoriedad se ha perdido, es lo que podría llamarse la paradoja de la existencia; y la auto conciencia de esa contradicción en el hombre es lo que Sabato denomina su tragedia existencial.

¿No les dije que Sabato era un filósofo, un pensador? No se trata de debatir las ideas del argentino con creencias, dogmas, o alguna fe en particular. No está cuestionando la religión (ninguna). Cuando habla de un alma «tironeada hacia arriba por nuestra ansia de eternidad», habla precisamente de eso, de nuestras creencias en lo que hay después. Aún los que no creen en ningún dios ni en ninguna idea de eternidad, elevan la mirada al cielo en momentos difíciles, ¿qué buscan? ¿es un reflejo primigenio presente en nuestro ser? ¿de dónde viene esta pulsión? Lo cierto es que esa ansia de eternidad está condenada por el grillete de la encarnación y que satisfacer plenamente ambas búsquedas parece una tarea imposible, dos opuestos irreconciliables que sin embargo coexisten – y han coexistido siempre – en el interior del hombre. La tragedia existencial del hombre de Sabato es una de esas preguntas sin respuesta que abundan en la filosofía, pero como afirma Milan Kundera:

«Precisamente las preguntas que no tienen respuesta son las que determinan las posibilidades del ser humano, son las que trazan las fronteras de la existencia del hombre»

Nos seguiremos preguntado entonces.

Redactado por Cristian Caicedo

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