Amuleto (Libro): el túnel del tiempo

Un spin-off de «Los detectives salvajes»

En el cine y la televisión se conoce con el nombre de spin-off a aquellas historias que parten o se desprenden de otras ya existentes, por ejemplo la película reciente El camino es un spin-off de la serie Breaking Bad. Esta novela de Roberto Bolaño profundiza en la historia de Auxilio Lacouture, una de las voces destacadas de la polifonía central de su predecesora, Los detectives salvajes. Uruguaya, blanca, de ojos azules, de vida bohemia, rubia con un corte de cabello estilo príncipe valiente, Auxilio relata aquí su propia historia y la de los que la rodearon.

Amuleto, dedicada al poeta Mario Santiago (gran amigo de Bolaño, recién fallecido para ese momento) arranca con la frase “Esta será una historia de terror”. Sin embargo, más que de terror, es una historia caótica, desordenada, de muchos eventos y personajes con los que, en algún punto de su vida, coincidió Auxilio: los poetas León Felipe y Pedro Garfias, escritores españoles con quienes trabajó por admiración y no por dinero en la facultad de letras de la UNAM, haciendo traducciones del francés y tareas de secretaria; Elena, una mexicana que se le acercó en un teatro y se hicieron amigas; Paolo, un italiano que esperaba, en México, una visa para entrevistar a Fidel Castro en Cuba; Lilian Serpas, la bella poetisa que se acostó con el Che Guevara, auténtica madre de la poesía mexicana y del pintor Carlos Coffeen Serpas; y como ellos, muchos otros. Sin embargo, un personaje familiar y un hecho en concreto cubren toda la novela, constituyendo el centro del argumento.

Ese personaje no es otro que el alter ego del escritor: Arturo Belano. “Yo conocí a Arturito Belano cuando tenía diecisiete años y era un niño tímido que escribía obras de teatro y poesía y no sabía beber”, cuenta Auxilio y agrega que leyó su primera novela (era mala), conoció a su madre, su padre, su hermana y que fue la única no familiar que fue a despedir a Belano cuando se fue a Chile en el ’73. Al volver, Belano comenzó a frecuentar a jóvenes poetas con quienes hablaba en gíglico, Ernesto San Epifanio, Ulises Lima, Felipe Müller y Laura Jáuregui “que era su novia y era guapísima pero que también era más soberbia que nadie”. El hecho principal al que me refería ya había sido contado en Los detectives salvajes: la entrada de los militares en la UNAM y la violación de la autonomía universitaria ocurrida el 18 de septiembre de 1968. Durante el asedio, Auxilio sobrevivió (aguantó) encerrada en el baño. Al asomarse a la ventana vio a los militares y a los estudiantes “como en una escena de una película de la Segunda Guerra Mundial mezclada con una de María Félix y Pedro Armendáriz de la Revolución Mexicana” y durante los doce días de encierro (del 18 al 30 de septiembre) recuerda, imagina, inventa. Aunque en principio evoca su pasado, luego dice “no sé por qué recuerdo esa tarde. Esa tarde de 1971 o 1972. Y lo más curioso es que la recuerdo desde mi mirador de 1968”, quedando todo más claro y más confuso cuando explica que “mis recuerdos se remontan sin orden ni concierto hacia atrás y hacia adelante”.

Eso hace que la narración de Auxilio, a ratos un monólogo y a ratos un diálogo con interlocutores inexactos, sea aún más extraña. “Un día llegué a México sin saber muy bien por qué, ni a qué, ni cómo, ni cuándo”, aunque decide que llegó en el ’65 y sin embargo recuerda una conversación con Remedios Varo, a quien nunca conoció, ocurrida en el ’62 “Y entonces […] comprendo sin paliativo alguno que ella está muerta”. Personajes que hablan sin mover los labios y sin emitir sonidos, un sueño con un quirófano y unos médicos que la conducen al parto de la historia (habla de un aeropuerto sin aviones ni gente), insomnio, delirios, la voz del ángel de la guarda y unas profecías literarias altamente creativas, en la misma línea de La literatura nazi en América en las que habla con una voz sobre estatuas que se edificarán, reencarnaciones, quiénes dejarán de ser leídos, cuándo morirán sus últimos lectores, asegurando que “James Joyce se reencarnará en un niño chino en el año 2124” y que “Jorge Luis Borges será leído en los túneles en el año 2045”, entre muchas otras.

Las diferentes ediciones de la novela

Lacouture tiene una navaja, como la tenían Cesárea Tinajero y Arturo Belano en Los detectives salvajes: cuando habla del viaje iniciático de Belano, cuenta que al volver en enero del ’74 era el mismo pero había cambiado, como Elena en la misma novela, pero también como Cesárea, cuando una amiga suya la reencuentra después de muchos años. Una frase de la novela habla de “un cementerio del año 2666”, clara referencia a su obra cumbre. Cuando Auxilio recuerda la aventura en el reino del rey de los putos, en la que Belano actuó como líder y llevó la voz cantante para liberar a un desconocido, recordamos al protagonista de El Ojo Silva, uno de los relatos de Putas asesinas, que también hace referencia a los jóvenes sacrificados. La novela culmina con su título en la última frase, como pretendía hacer Bolaño con Tormenta de mierda, finalmente cambiada a Nocturno de Chile.

Amuleto discurre por el túnel del tiempo. Es un viaje a la memoria, sueño, pesadilla, delirio, alucinación, recuerdos del pasado, recuerdos del futuro, con una cronología desordenada y una estructura que prefigura su siguiente novela Nocturno de Chile. Aunque Bolaño considera esta novela como una obra menor y el escritor Jorge Volpi dice que es una obra regular, al mismo nivel de Amberes, mi opinión difiere de ambos. No tiene el impacto de sus obras mayores, es cierto y de entre sus novelas cortas, mi favorita sigue siendo Estrella distante, pero Amuleto es una gran novela. Intensa, caótica, lúgubre, violenta, pero con importantes aportes y un ritmo que hace que la historia fluya en todo momento, a veces hacia adelante, a veces hacia atrás. La historia de Erígone, hermanastra de Electra y Orestes, contada por Carlos Coffeen es una de mis partes favoritas, pero toda la novela está repleta de reflexiones capitales, muchas de ellas expresadas con la fuerza de los aforismos y el impacto de las sentencias milenarias, a pesar de su sencillez: “a la tumba no hay que llevarse nada”. Vale la pena leerla.

Reseñado por Cristian Caicedo

Deja un comentario