La guerra del fin del mundo (Libro): una rica aventura literaria.

La novela fue publicada en 1981

El escritor peruano y ganador del Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas LLosa, entró en la narrativa latinoamericana por la puerta grande. Después de haber debutado con los relatos de Los jefes, sus primeras cinco novelas fueron una demostración tras otra de una calidad literaria sobresaliente: a La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en La Catedral, con sus polifonías, su itertextualidad y su desafiante estructura, les siguieron las divertidas Pantaleón y las visitadoras y La tía Julia y el escribidor, ambas dotadas de mayor humor que las anteriores, pero no por eso menos ricas, literariamente hablando. Cada una de ellas tenía un encanto particular y diferente; parecía que ya, en pocos años, Vargas Llosa lo había probado todo (con éxito) y entonces apareció otra joya nacida de su mano: La guerra del fin del mundo.

Ésta fue la primera novela que Mario Vargas Llosa situó fuera de su Perú natal y para poder contar la historia, tuvo que documentarse de forma exhaustiva durante años, a través de lecturas y viajes, recorriendo Brasil y reconstruyendo los personajes que estarían en la historia. En palabras del autor «Esta novela me hizo vivir una de las aventuras literarias más ricas y exaltantes» y vaya si se nota, porque aunque conserva el sello narrativo del autor, la novela abarca nuevas dimensiones, nuevas áreas que hasta ese momento, Llosa no había tratado.

Hasta entonces, las novelas del escritor peruano iniciaban en medio de una acción o con una narración en primera persona (La tía Julia y el escribidor), pero esta inicia con la descripción de un hombre. Y es que el eje central de la novela es Antônio Vicente Mendes Maciel, el Consejero, llamado por los locales Antônio Conselheiro, quien fue un líder social brasileño, predicador fervoroso, profeta del desastre del fin del siglo XIX y para muchos, un mesías enviado por el creador para levantar a los desfavorecidos. Muy delgado, con una edad indefinida, una barba larga y ropas sencillas, el Consejero atraía a la gente y cada vez, más y más campesinos se unían a sus peregrinaciones, hasta que, guiados por él, llegaron a Canudos, como si fuera la tierra prometida, para edificar allí un templo y conformar una sociedad organizada, armónica, justa, equitativa. Eran los días del fin del mundo, “La tierra, cansada después de tantos siglos de producir plantas, animales y de dar abrigo al hombre, pediría al padre poder descansar. Dios consentiría y comenzarían las destrucciones”. Hasta allí, parece más una secta religiosa que otra cosa, pero algunas de las declaraciones del Consejero activaron las alarmas de las autoridades, porque para él, la República era el anticristo.

Brasil se encontraba en un período histórico clave desde el punto de vista político, la transición del imperio a la república, la abolición de la monarquía y la edificación de un nuevo orden social. Y en ese contexto, el Consejero promueve ideas peligrosas para los intereses de la República: está en contra del matrimonio civil, de los impuestos, de la propiedad privada, del nuevo sistema métrico decimal… casi parece más un revolucionario que un profeta. Y aunque en Canudos es casi un santo, fuera del poblado es la imagen revolucionaria de sus ideas la que predomina. Así lo ve el ejército, así lo ven los terratenientes y también así lo ve Galileo Gall, un escocés, idealista, que ha luchado en contra del poder en Turquía, Egipto y Estados Unidos, que documentaba la injusticia que veía en el Brasil y enviaba cartas para una revista francesa (recuerda al Roger Casement de El sueño del Celta). Para él también, lo que ocurre en Canudos es una revolución disfrazada, la lucha contra el poder, la defensa de la libertad, condena de las leyes, de los impuestos, proclamación del amor libre y la propiedad colectiva. Galileo los admira y quiere llegar hasta allí, luchar a su lado, pero nadie le dice nada sobre Canudos. Todos son desconfiados. “Son prudentes. Desconfían” dice Gall, “Saben lo que hacen. Son sabios”. Lo irónico, acaso contradictorio, es que los ideales religiosos del Consejero son ideales revolucionarios para Gall, pero mientras que el escocés dice que la razón debe ser el eje de la vida, la revolución y que el nuevo orden social, sin la religión, sería más abierto y justo, el Consejero predica los mismos valores desde la fe en Dios.

Algunas obras cumbres del autor

Antônio Conselheiro es entonces la primera chispa de un incendio que alcanzará proporciones inimaginables y tocará, de alguna u otra manera, la vida de los demás personajes de la novela, sus aliados, enemigos, seguidores, detractores, hermanos, servidores.

El beatito, un niño huérfano cuya religiosidad agudiza cuando conoce al Consejero y decide seguirlo; Joao Grande, un negro esclavo que mataba salvajemente, huyendo siempre, hasta que decide seguir al Consejero; el León de Natuba, nacido deforme, de piernas cortas y cabeza grande, andaba en cuatro patas y casi lo queman, acusado de asesinato, pero una intervención oportuna del Consejero lo salvó de las llamas; María Quadrado, quien tras tres meses y un día con la cruz a cuestas, descalza, con un costal, llega a Canudos, con 21 años, pero ya marchita y violada cuatro veces, fue recibida en el Monte Santo como una devota, como una Santa y se volvió seguidora del Consejero y una de sus más leales servidoras; Joao Satán, quien se volvió malo a raíz de la muerte de sus tíos y azotó la región, enfrentándose a la guardia y escapando, hasta que encontró al Consejero; el padre Joaquim y Alejandrinha Correa, Joao Abade, el Fogueteiro, Pedrao; los militares que los enfrentaron, como el Teniente Pires Ferreira y el Coronel Moreira César, o los demás personajes que no participaron directamente a favor o en contra de la gente de Canudos pero que pagaron el precio por estar en medio de aquella guerra, como Rufino, Jurema, Epaminondas Goncalves, dirigente del Partido Republicano Progresista y Director del Jornal de Noticias, el Barón de Cañabrava y Caifás; “Canudos no es una historia, sino un árbol de historias” y todos ellos son las ramas de ese árbol, cuya raíz, oculta en la tierra, es el Consejero, quien desaparece del libro, entre todas las demás historias, permeadas con su presencia.

El libro avanza así hasta el inevitable conflicto: la guerra. Lo hombres de Pires Ferreira son atacados por una procesión religiosa a las puertas de Canudos y luego, con condiciones en contra (uniformes calurosos y pesados, fusiles que no sirven) intentan una venganza que acaba en una nueva derrota. Esas bandas de campesinos y vagabundos, los yagunzos de Canudos, derrotaron a tres expediciones del Ejército, ¿cómo era posible? Cañones, regimientos, mil, dos mil soldados, no sirvieron de nada. El Ejército prepara entonces una demostración excesiva de fuerza, que resultó apenas suficiente, asaltando Canudos con nueve mil hombres esta vez. En medio del festín de buitres y ratas después de la batalla, de un estimado de treinta mil yagunzos que debían vivir en Canudos, a juzgar por la cantidad de viviendas, los soldados consiguen apenas 647 cadáveres, ¿y los demás? ¿estos son todos? ¿cuántos eran, entonces?

Se trata de una guerra extraña ente Dios y el diablo, entre Dios y los hombres, entre la monarquía y la república, la fe y la ley, en la cual cada bando da un sentido diferente al conflicto. Con escenas bélicas increíbles, a la altura de los grandes clásicos, personajes entrañables, episodios memorables, frases inmortales, capítulos llenos de crueldad, bondad, locura, deber, perdón, valor, redención, cobardía, entrega, justicia, honor, poder, gloria, política, con escenas trágicas y violentas, incendios, inmolaciones, redenciones, explosiones, dinamita en grandes cantidades, muertes por piedad, con historias dentro de la historia que están rodeadas por el mito, la leyenda, la fe y el milagro, “¿No planteaba Canudos una interesante excepción a la ley histórica según la cual la religión había servido siempre para adormecer a los pueblos e impedirles rebelarse contra los amos?” La guerra del fin del mundo es una de las obras capitales de la Literatura universal y una historia que, a pesar del deseo del ejército brasileño de entonces que quiso sepultarla, logró llegar a nuestros días “De la única manera que se conservan las cosas. Escribiéndolas”.

Reseñado por Cristian Caicedo

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