Amos Oz y el castigo de los escépticos

Uno de los escritores más laureados de las últimas décadas

Amos Oz es un escritor israelí que ha obtenido premios importantes como el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2007 y el Premio Israelí de Literatura en 1998. Ha publicado gran cantidad de ensayos, novelas y artículos que muestran un gran nivel de compromiso con la paz mundial y la resolución de conflictos y ha sido reconocido por ello: Premio Libertad de Expresión en 2002, Medalla Internacional de Tolerancia 2002, entre otros.

En una de sus novelas, llamada De repente en lo profundo del bosque, Oz plantea una parábola a través de una situación increíble pero no inimaginable: un pueblo en el que no hay animales. Ninguno. Existieron alguna vez, pero un día se fueron, abandonando su hogar. ¿Qué los hizo marcharse? ¿A dónde han ido? hace tanto de eso que los niños pequeños nunca han visto un animal y sólo los conocen a través de dibujos, fotografías e historias que cuentan algunos adultos (los demás tienen el tema como tabú). El escritor se vale de esta situación para plantear reflexiones necesarias sobre el equilibrio en la naturaleza, el papel de cada una de las especies y el respeto por la biodiversidad. Hacia el final habla de la tolerancia, la condena al bullying, y «la enfermedad del desprecio y la burla». Con tantas frases interesantes que hay en la novela, hoy quiero compartir una de las que más me llamaron la atención:

«…el castigo de los escépticos era ponerlo todo en duda, hasta dudar incluso de su propio escepticismo…»

El hecho de que los escépticos pongan todo en duda es evidente. El mismo término está referido a personas que no niegan ni afirman, que sencillamente no creen en la existencia o inexistencia de algo. De allí que la consecuencia sea precisamente dudar incluso hasta de ellos mismos, porque ¿cómo podrían tener razón? si dudo del sí y del no, no creo en nada y si no creo en nada ¿cómo voy a creer en mí mismo? esta reflexión, aunque no deja de ser curiosa, se presenta también como lógica. Pero lo que me llamó la atención por encima de todo ello fue la palabra castigo presente en la frase. Para Oz, el escepticismo es un castigo para los propios escépticos. Entiendo su punto: alguien que duda de todo, que no cree en nada ¿qué sentido puede hallar a la vida? ¿a qué roca firme puede asirse si todo su suelo son arenas movedizas? de allí que el escritor israelí considere perjudicial (un castigo) la condición de dudarlo todo. Sin embargo, aunque a primera lectura parezca una verdad catedralicia, cabe preguntarse ¿es el escepticismo necesariamente una condena? ¿un castigo? ¿no hay al menos algo positivo en él?

Bill Maher es un comediante y presentador de televisión que a lo largo de su carrera ha expuesto a través del humor, las ideas y las filosofías que, desde su perspectiva, son absurdas y risibles. Ello le ha traído consigo censura y duras críticas, sobre todo en lo que respecta a la política y la religión. En su documental Religulous, Maher viaja alrededor del mundo entrevistando a creyentes y autoridades de diferentes religiones y sectas monoteístas con el fin de buscar una respuesta satisfactoria para ciertas dudas relacionadas con los dogmas y creencias populares del cristianismo, el judaísmo, el islam, entre otros. Pero Bill es un escéptico y lógicamente, ninguna respuesta lo satisface. Sin embargo, hay una frase en el documental que hay que tener en cuenta y que sirve para complementar el análisis de la frase de Amoz Oz. Antes de decir que él promueve el Evangelio del «yo no sé», Maher dice: «La duda es humilde»

Y no deja de tener razón. Aunque puede que algunos escépticos hayan escogido esa filosofía por su comodidad, muchos de ellos han elegido esa filosofía por la imposibilidad de encontrar una respuesta satisfactoria y dicen «Yo no sé cuál es la verdad. Por lo tanto cualquiera puede ser válida, tanto una como su contraria». Visto así, el escepticismo es, como dice Maher, humilde y se contrapone a la arrogancia que puede significar creerse dueño de la verdad, creer tener la razón. Es cierto que el documental de Maher tiene un marco teológico, pero la reflexión de la duda sirve para cualquier otra área también. Entonces, aunque para Oz el escepticismo es un castigo, para Bill es una muestra de humildad. Para el primero es la condena de no poder creer en nada en un mundo en el que, para muchos, se debe creer en algo. Pero para el segundo, y esto es lo que escapa a la frase de Oz, es también la posibilidad de encontrar esa piedra sobre la cual apoyarse.

En otras palabras, dudar es no cerrar la puerta. El que cree que sí y el que cree que no, ambos cierran la puerta desde lados opuestos del umbral, negándose a reconocer la visión del otro. Pero la duda se sitúa justo debajo del umbral, con la puerta abierta; de esa manera cabe la posibilidad de que algún día se decida dar un paso hacia alguno de los dos lados, pero esa posibilidad se anularía si la puerta estuviese cerrada. Por ejemplo, tanto el que cree que Dios existe como el que cree que no, ambos están cerrados (el portal y sus ojos) a reconocer la «verdad» del otro; pero el escéptico que no cree que sí ni que no, y por tanto considera ambas opciones como igualmente válidas, tiene a su favor la posibilidad de que en algún momento un hecho lo decante por alguna de esas dos alternativas. Es menos ciego en su visión, menos condenatorio y para algunos, menos condenable. ¿Ustedes qué opinan? ¿es el escepticismo un castigo para los propios escépticos? ¿hay humildad en la duda? los leo en los comentarios.

Escrito por Cristian Caicedo

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