Conversación en la Catedral (Libro): la naturaleza de la dictadura.

Una de las mejores novelas del siglo XX

Muy pocos escritores pueden ser considerados verdaderos maestros de la perfección. Que un autor pueda escribir un gran libro, una gran novela, no es tan raro. La extrañeza se presenta cuando consigue hacerlo más de una vez, sobre todo en sus primeros trabajos.
Durante su carrera, el escritor peruano Mario Vargas Llosa ha escrito obras de teatro, ensayos, cuentos, pero sobre todo novelas, género en la que es el equivalente literario del Rey Midas, porque cada una de sus ficciones se transforma en oro puro con el toque de su pluma. Después de haber obtenido el Premio Leopoldo Alas en 1959 por su primer libro (los relatos de Los jefes) y haber sacudido la literatura latinoamericana con La ciudad y los perros (Premio Biblioteca Breve y Premio de la Crítica) y La casa verde (Premio Nacional de Novela de Perú, Premio de la Crítica y el Premio Rómulo Gallegos) publicó su famoso relato Los cachorros en 1967, erigiéndose como un artífice de calidad tanto en el relato corto como en su obra novelística. Su próxima novela levantaba muchas expectativas (como cada una de ellas) y no decepcionó a su público cuando apareció, en 1969, su tercera novela hasta entonces, Conversación en la Catedral.

«Desde la puerta de La Crónica, Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?»

Un gran inicio de novela y una pregunta clave que planea por encima de la trama, a lo largo de todo el libro. Santiago Zavala es un joven de treinta años que trabaja en el diario La Crónica. En ese Perú gris, venido a menos, con largas filas en las paradas de autobús y edificios descoloridos, Santiago debe ir a la perrera a rescatar el perro de su esposa Ana y allí se encuentra con Ambrosio, un viejo que no veía desde hacía muchos años cuando había sido chófer de Don Fermín, el padre de Santiago. Al reconocerse, deciden ir a conversar en un bar llamado La Catedral y allí, entre un trago y otro, rememoran épocas pasadas, especialmente lo vivido durante el período conocido como el ochenio, la dictadura de derecha del general Manuel A. Odría quien gobernó el Perú desde 1948 hasta 1956.

Fermín y Zoila, padres de Santiago; el Chispas y la Teté, sus hermanos; Popeye (nombre con ecos Faulknerianos) un pecoso pelirrojo, hijo de un senador y amigo de Santiago que siempre estuvo enamorado de la Teté; Amalia, la criada; Ambrosio, el chófer; y Don Cayo Bermúdez, el cerebro detrás de la represión que caracterizó al gobierno de Odría, son los personajes principales de los que se vale el autor peruano para ofrecernos el retrato de una sociedad subyugada por los reducidos espacios para la libertad de expresión.

Don Fermín Zavala, próspero empresario con una gran fortuna, apoyó el régimen del dictador Odría y a causa de ello su hijo Santiago, apodado Zavalita, decidió estudiar en la universidad pública de San Marcos en donde conoció a Jacobo, a Aída, y comulgó con los ideales comunistas. La novela nos muestra la vida política en la universidad, los círculos marxistas, las incoherencias, el valor, la cobardía, la represión, la lucha por los ideales, por las libertades públicas, la liberación de los presos políticos, el retorno de los desterrados y la legalización de los partidos. Ese es el mundo en el que Zavalita pasa de la adolescencia a la juventud, confundido, contrariado, perseguido, e incluso encarcelado por las mismas autoridades a las que su padre es fiel. Santiago reniega de su padre, mientras flota a la deriva en una sociedad en la que no encuentra su lugar:

“No soy brillante, no soy estudioso, no repitas a mi papá, tío – dijo Santiago – La verdad es que estoy desorientado. Sé lo que no quiero ser, pero no lo que me gustaría ser. Y no quiero ser abogado, ni rico, ni importante, tío. No quiero ser a los cincuenta años lo que es mi papá”.

Para avivar la llama de la ironía, el resentimiento, la lucha política y los rencores llameantes de la primera juventud, después de haber estado preso y haber sido liberado por Don Cayo Bermúdez gracias a la intercesión de su padre (con la condición de alejarse de sus compañeros de ideología) Santiago se va de casa y no vuelve a la universidad, consigue un trabajo en un diario y no visita a sus padres durante mucho tiempo (sus hermanos apenas lo ven). Después, con el paso de los años, la vida de Santiago se vuelve monótona: el bar, la redacción, la pensión, los domingos familiares; todo se sucede en un desfile repetitivo sin convicción, sin algo por lo cual vivir y sin la voluntad de asumir las riendas de su vida. Zavalita, de la misma forma en que dice que lo mejor que puede ocurrirle a alguien es «creer en lo que dice, gustarle lo que hace”, como se sabe en la acera contraria, confiesa:

“Lo que pasa es que ni eso lo decidí realmente yo. Se me impuso solo, como el trabajo, como todas las cosas que me han pasado. No las he hecho por mí. Ellas me hicieron a mí, más bien.”

Don Fermín pensaba que su hijo estaba llamado para grandes cosas y por eso le pesaba la vida que llevaba, más allá de sus diferencias ideológicas. Triste y decepcionado porque su hijo favorito, Zavalita, no culminó su carrera, ni quiso saber más de política, ni nada de la herencia de su padre, la vida del empresario se fue apagando hasta su última hora.

Además de la historia de padre e hijo entre Don Fermín y Zavalita, Conversación en La Catedral muestra las maquinaciones y artimañas de la dictadura (contratar buses para llenar marchas y dar una imagen de apoyo que no es real) las ilícitas conexiones entre los representantes del gobierno y sus negocios turbios con agencias de noticias y otras empresas; los medios violentos empleados para dispersar las manifestaciones opositoras y demás rasgos propios de todo régimen dictatorial. Se suman a la trama relaciones homosexuales, escenas eróticas, un asesinato tratado como en un thriller policial, los celos, la cobardía, el valor, la venganza, el amor, la apatía, el sentimiento de derrota y el aura gris, pesada, pesimista que, como una nube, cubre los ocho años que dura el mandato de Odría.
Con su acostumbrada pericia, el manejo de un tiempo no lineal, historias cruzadas, su cuidadosa y desafiante intertextualidad, Vargas Llolsa eleva esta novela al estatus de verdadera joya literaria. Los capítulos son narrados desde las perspectivas de Amalia, Don Cayo, Santiago, Ambrosio y Don Fermín, configurando un panorama variopinto, completo y global de lo que representa vivir bajo una dictadura, para el rico y el pobre, el patrón y el siervo, el oficialista y el opositor.

Libros de Mario Vargas Llosa

Es inevitable identificar el Perú de Odría con la Venezuela actual y otras dictaduras similares a lo largo de las últimas décadas. Esa mirada profunda que Vargas Llosa brinda a la vorágine de corrupción engendrada por la dictadura, la desidia de los dirigentes políticos, la impotencia de los ciudadanos cuando el país no posee una cultura democrática, la forma en que los ciudadanos aceptan como normales los abusos y atropellos de las autoridades y de los miembros del partido de gobierno, son más que meras coincidencias; se trata de la naturaleza de la dictadura, que queda expuesta en esta novela como una radiografía magistral, porque no se limita a los personaje políticos o a las luchas de poder, sino que mira en cada rincón y como “en el burdel estás más cerca de la realidad que en el convento”, Vargas Llosa se sumerge en ese lupanar para exponernos la realidad.

En alguna parte, la novela dice que “El trago inspira”, por lo que no es descabellado imaginar a Vargas Llosa dándole vueltas a esta novela en algún bar de París, Lima, Washington, Londres o Puerto Rico, ciudades entre las que escribió la obra. En un prólogo escrito en 1998, el escritor peruano aseguró que ninguna otra novela le dio más trabajo, entre revisiones y reescrituras, que Conversación en la Catedral, la más extensa de su bibliografía con casi setecientas cincuenta páginas, y aseguró que, debido a ese trabajo, «si tuviera que salvar del fuego una sola de las que he escrito, salvaría esta», aseveración categórica de la cual difiero porque ¿cómo se va a salvar del fuego una sola novela de Mario Vargas Llosa, sea la que sea? acaso la única que no salvaría sería Cinco esquinas (debo aclarar que no he leído 5 de sus novelas, pero sí las catorce restantes y sobre ellas hago mi aseveración), pero por salvar todas las demás, valdría la pena quemarse más que solo las manos.

Reseñado por Cristian Caicedo

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